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Mamá, culpable de lo que soy y lo que no

Este artículo es del año 2012, lo leí y no podía creer su vigencia, y como encierra la razón por la cual años más tarde creamos la Pijamada Amor Propio. Hace apenas unos días me preguntaron una frase del legado que me ha dejado mi madre, una que hoy día repitiera, que usara con toda propiedad; justamente esa frase innombrable que siempre dije “nunca voy a repetir”. Ese mismo día no pude resumir. En mi memoria aparecían montones, quizás luego decanté y tomé sólo unas cuantas. Me escandalizó ver que sí tomo como referencia esas frases para describir lo que voy siendo, pues ¡SOY MI MAMÁ! No sé si versión mejorada o venida a menos por las circunstancias y les explico. Cuando hablo de las circunstancias de mi madre me refiero a que ella creció y dio lo mejor de sí dentro de lo que fue su educación, ubicación geográfica, sus valores e incluso su posición económica. Me comentaba un amigo que hizo un curso de manejo de emociones, que para todos los que lo acompañaban en esos cursos, la fuente y causa de sus rollos mentales, y sistema de creencias (bien o mal montadas) eran sus padres, y muy especialmente las madres, ¿qué tal?. ¡qué fácil decirlo, ¿no?! Arrimarle las culpas. Pero la cosa fue más gentil cuando me narraba una anécdota que le comentó uno de los facilitadores: “Si tú le llegas a un amigo y le pides mil bolos (¡sí!, de los de antes) quizás te los dé, pero lo más probable es que te diga que no los carga consigo, pero que tiene cien; no porque no quiera darte mil, es que ni siquiera los tiene”. Ser mamá es un poco así, es dar lo mejor de ti, todo lo que tienes dentro de tu circunstancia, lo que no tienes, eso, no lo puedes dar. En este sentido, mi madre es culpable de que hoy le dé la comida a mi hija diciéndole : ¡Mira los pajaritos! y acto seguido, le zampe la cucharada de sopa en la boca. Cada vez que agarra toda cosa mía que consigue tirada por ahí en la casa le siga un ¡Deja eso, es de mami!, que la consuele con ¡sana, sana colita de rana! Encontrarme con Bernarda, mi hija adorada, al final del día y de manera cariñosa preguntarle ¿cómo te fue?- que ella ya repite-, para que me cuente cada detalle de su vida mientras yo ando fuera. Por cierto que esta es una pregunta agresiva pasiva que me metía en apuros en la adolescencia pero que con mucha mano izquierda significa ¿en qué andabas?, y concluía el diálogo con un ¡Yo te lo dije! Yo de estas frases pudiese llenar un blog entero con las clásicas: ¡Dios mío dame paciencia!, ¡No llores, ya pasó!, ¿Quién es mi princesa?…¡YO!… responde mi gorda derritiéndome cada vez. En otra parte de ese curso maravilloso, ARREGLA LA VIDA, sobre las emociones les dijeron a los participantes que después de viejos ya NO le pueden reclamar a sus padres. ¡¿Cómo es la vai…?! Pues así mismo es. Así que abuelas allí tienen su regalo y recompensa. Porque es que recientemente me impresiona que mis amigas les reclamen ahora a sus mamás, a esas mujeres que dieron lo mejor de sí que: no les cuiden los muchachos, que no les ayuden con la casa, que no sean las abuelas abnegadas que dejan de pensar en ellas para ocuparse de los retoños de sus retoños, sus nietos pues, y lo peor que sean la fuente de sus problemas actuales de pareja y sus cables sueltos. Es que las circunstancias han cambiado y nosotras no tenemos las mismas circunstancias de ellas, las nanas y señoras de servicio que las ayudaban a ellas, por otro lado, nuestras madres son mucho más activas y desean viajar, pasear, ir al pilates e incluso divertirse. No fueron al taller de lactancia, no les dieron la oportunidad de ver las cosas desde otro ángulo. A mi madre le estoy infinitamente agradecida que yo no sea así: una achacadora de culpas. A ella le debo lo que NO soy. Ella me dio el mayor de los regalos cuando me preguntaba ¿ERES FELIZ? en vez de ¿cómo estás?, Así mismo, ¿eres feliz? Esta pregunta implicaba romper la creencia que esa felicidad está en otro, aprendí que tenía otra dimensión, es “compartir con el otro”. Esa felicidad es sentirte plena y saber que haces lo mejor posible sin cargar con la culpa. Que hay que cuidarse de uno mismo, echarle piernas y levantarse, así sea doloroso. Que los momentos difíciles, duelen sí y mucho, pero que pasan. Me enseñó del buen amor, el mejor, el de ella. Y que yo nací fruto de su mayor amor, junto a mi papá. Todo esto no me lo dio como una clase de filosofía que impartía a diario, nada más lejano, este sistema de creencias fue el que yo escogí desde mi observación. Yo la vi cuidarme amorosamente, pero también delegando en otros para ella poder arreglarse, luchar por sus espacios personales y otras veces limitarse. La vi llorando cuando las cosas no le fueron tan bien, armando sus pataletas, y sin embargo, siempre sacó fuerzas para llevarme al colegio, lidiar con los problemas míos y de mis tres hermanos, jamás faltó a un acto cultural, siempre fue la más hermosa, la mejor arreglada para nosotros y para mi papá. Me dejó caer varias veces, de la bicicleta, de culo jugando volleyball y fracturarme el coxis, incluso una vez me electrocuté, pero ella observó que me podía levantar. Trató siempre de arreglarme lo más bonita que podía así yo terminara toda sudada y llena de barro por jugar con los varones al kikingball. Trataba de ser flexible, a su manera, porque su educación de casa fue muy dura y estricta, y es que no es fácil ser andina, hija de gochos con origen colombiano. Le tocó dejarme ser artista, aunque se moría de miedo y me saboteaba la profesión. Me sometía, y me cuidaba de más porque una mujer debe mantenerse limpia hasta el matrimonio, y le tocó verme divorciar, vivir en concubinato con mi esposo actual y celebrar mis nuevas nupcias oficiadas por un piloto de avión. Una cosa siempre tuve clara, y es que su amor, su inmenso amor, siempre me dio el piso de la confianza para escoger mi camino. El poder de la decisión estaba en mi y en lo que yo decidiera en adelante. Mi mamá sembró amigas, salía al café, ahora mismo las extraña. Al final del curso de emociones, te dicen que sólo puedes cambiar tú, no a tu mamá. Reflexión sabia y cierta. Ella, mi mamá, ya pasó horas sin sueño para que yo durmiera bien, fue maga al desaparecer mis lágrimas con un beso, fue médico shamán al curarme con una canción, fue economista al darme todo lo que pudo sin tener todos los recursos. A la vuelta de la esquina yo estaré en su lugar, ojalá que desde mi circunstancia también esté formando lo mejor posible a mis hijas para el futuro que le toca vivir. Ojalá pueda recibir en un tiempo mucho más cercano de lo que parece, una respuesta en positivo a la pregunta familiar ¿Eres feliz?
Ingrid Serrano Duque
Creadora de la Pijamada Amor Propio y de @sinmentemindfulness. Comunicadora, Locutora y Actriz. Consultora, Asesora y Facilitadora de Talleres a nivel organizacional. Licenciada en Comunicación Social de la UCAB, con post-grado en arte y comunicación en la Universidad de Melbourne, Australia. Certificada en Mentoring en el 2020 con el Grupo Inested Internacional avalado por la UPEL. Locutora de #QuedándoseEnCasa y @queeslopeorquepuedepasar.